martes, 17 de mayo de 2022


 Aunque el sacrificio de la Santa Misa sea el mismo que el de la cruz, y aunque sea su continuación, entre uno y otro existe, con todo, esta diferencia: que Jesucristo se ofreció en la cruz para satisfacer a la justicia de Dios por los pecados de todos los hombres, y con ese fin derramó su preciosa sangre; mientras que en la Santa Misa no derrama ya su sangre, sino que se sacrifica al Padre eterno como víctima gloriosa, para aplicar a los hombres, por la virtud de este sacrificio, las gracias que les mereció mediante sus padecimientos y su muerte.

San Juan Bautista de la Salle

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 𝐔𝐍 𝐆𝐄𝐒𝐓𝐎 𝐐𝐔𝐄 𝐈𝐍𝐃𝐈𝐂𝐀 𝐋𝐀 𝐏𝐑𝐄𝐒𝐄𝐍𝐂𝐈𝐀 𝐑𝐄𝐀𝐋

Si la Santa Misa es la cúspide y el corazón de la Iglesia, es importante estudiar con detenimiento y amor lo que hace referencia a ella, para entender porque la Iglesia ha establecido gestos, pues lo sagrado y lo santo ha de tratarse santamente.
En la Misa de San Pío V desde el momento en que el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración sobre la Sagrada Hostia, mantiene juntos su índice y pulgar en cada mano. Ya sea cuando eleva el cáliz, o pase las páginas del misal, o abra el tabernáculo: el pulgar y el dedo índice de cada mano se mantienen unidos. El pulgar y el índice no tocan nada más que la Sagrada Hostia.


Esta unión de los pulgares e índice, se efectúa hasta las abluciones, para evitar que la más pequeña partícula de la forma consagrada caiga de sus dedos. Indicando con este signo la gran reverencia a la Presencia Real de Nuestro Señor en la Eucaristía.
Recordemos que en cada partícula por pequeña que sea, se encuentra Jesús Sacramentado como lo define el Concilio Ecuménico de Trento: "Si alguno negare que en el venerable sacramento de la Eucaristía se contiene Cristo entero bajo cada una de las especies y bajo cada una de las partes de cualquiera de las especies hecha la separación, sea anatema".



Esto significa que el Señor está presente incluso en la partícula más pequeña de la Hostia que pueda caer al suelo. Así, la reverencia que le debemos al Santísimo Sacramento nos exige que tomemos todas las precauciones necesarias para que ninguna partícula, ni siquiera la más pequeña, quede expuesta a ser profanada de modo alguno.
En publicaciones posteriores compartiremos otros gestos de la Liturgia Tradicional que expresan la Fe en la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía.
A. M. D. G.




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“Lo que oímos y aprendimos, lo que nuestros padres nos enseñaron, no lo ocultaremos a sus hijos, lo contaremos a la futura generación: las alabanzas del Señor, su poder, las maravillas que realizó”

Salmo 78, 3-4
Sacerdote del Instituto Cristo Rey, explicando la Santa Misa a los niños.

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jueves, 18 de marzo de 2021

ITE AD JOSEPH

 19 de Marzo
FIESTA DEL PATRIARCA SAN JOSÉ
Esposo de la Virgen María, protector de la Iglesia Universal y custodio de Una Voce Laguna. I clase, Ornamento blanco.




Dios confió a San José una misión excepcional: ser esposo de la Virgen María y padre adoptivo de Su Hijo, Jesús, constituyéndose así en el Custodio de la Sagrada Familia y en el santo que más cerca está de Jesús y de la Virgen.

San José tuvo por esposa a la Inmaculada Virgen María, de la cual nació por obra del Espíritu Santo, Nuestro Señor Jesucristo, quien cerca de los hombres, fue digno de ser Hijo de José, y le estuvo sujeto. Y Aquél, que tantos reyes y profetas ansiaban ver, José no solo Lo vió sino que moró con Él y, con paterno afecto, lo abrazó y lo besó y, además nutrió. Para ésta sublime dignidad, que Dios confirió a éste fiel servidor suyo, la Iglesia siempre tuvo en sumo honor y alabanza al Bienaventurado José, después de la Virgen Madre de Dios, su esposa, e imploró su intervención en los momentos difíciles. ( S.S. Pío IX )

Como primer dato sabemos que fue de oficio carpintero ya que Cristo fue llamado Hijo de José, el carpintero (Mt 13,55; Jn 1,45; 6,42; Lc 4,22). San José es además modelo de los trabajadores, por esta razón es que también la Iglesia lo celebra el 1 ° de Mayo como San José Obrero.

La misión de San José aquí en la tierra consistió en velar por la Sagrada Familia que Dios le había encomendado, tarea que no le fue nada fácil, pues tenía en su encomienda cuidar del Salvador del Mundo, formarlo y educarlo, lo cual desempeñó de una manera muy especial, ya que tenía a su lado dos grandes amores: la Virgen María y a Jesús. ¡Qué gran privilegio habrá sido para él!

San José, al igual que María, pasó por grandes dolores que la Iglesia recuerda muy bien, pero a la vez fue recompensado por grandes alegrías.

Y sabemos que San José fue totalmente casto y que la Santísima Virgen María concibió por obra del Espíritu Santo, ya que ambos tenían votos de castidad.

Muy poco se conoce de la vida de San José, solamente dos Evangelios nos dan algunos detalles: en Mateo (1,1-16.20) y en Lucas (1, 27), se nos dice que era descendiente de David. Un dato curioso es que en ninguno de los relatos evangélicos se ha escuchado palabra alguna de José. Sólo se conocen obras y actos de él, por esto es que se le ha conocido como el Santo del silencio, ésta es una manera de enseñarnos que por medio del silencio podemos llegar a amar a los demás y llegar a la Santidad.

Él desde su oficio, sus quehaceres diarios y el silencio de su corazón llevaba consigo al mismo Dios, iba construyendo su propia morada, que al igual que la Virgen Santísima iba guardando todo en su corazón. Un elogio muy grande que se le hace a San José es que fue un hombre justo.

Se conoce a San José como Patrono de la buena muerte porque tuvo la dicha de morir acompañado y consolado de Jesús y María. Fue declarado Patrono de la Iglesia Universal por el Papa Pío IX en 1847.

Una de las que más propagó la devoción a San José fue Santa Teresa de Ávila, que fue curada por intercesión del papá de Jesús en la tierra de una terrible enfermedad que la tenía casi paralizada y que era considerada incurable. La Santa le rezó con fe a San José y obtuvo la curación. Luego solía repetir: "Otros santos parece que tienen especial poder para solucionar ciertos problemas. Pero a San José le ha concedido Dios un gran poder para ayudar en todo".

El movimiento Tradicional tiene una profunda devoción a San José, a quien a confiado sus obras como protector de la Iglesia. Es así que nuestro Apostolado de Una Voce Laguna lo ha elegido como protector y guía en este tiempo de prueba.

Glorioso patriarca San José, ruega por nosotros y libra a la Santa Iglesia de sus enemigos. 


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EL VERDADERO Y FALSO CELO

"El falso celo está lleno de impaciencia, de enojo y de soberbia; pero no así el celo santo que nace de la raíz de la caridad: este, aunque muestre por fuera algún resentimiento necesario para la corrección del delincuente; retiene empero en lo interior toda la dulzura y compasión, y va junto con la santa humildad."
Papa San Gregorio I Magno

 

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domingo, 7 de febrero de 2021

OREMOS POR LAS VOCACIONES TRADICIONALES


Oremos por las vocaciones para la Misa Tradicional en México, y sobre todo por el futuro seminario de la Fraternidad Sacerdotal San Pedro de habla hispana.
Necesitamos sacerdotes santos, pero también sacerdotes que atiendan a las comunidades de fieles de la Misa Tridentina en nuestro país.

Señor danos sacerdotes según Tú Corazón


 

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martes, 31 de diciembre de 2019

Puer natus est nobis

¿Hay algo que pueda declarar más inequívocamente la misericordia de Dios que el hecho de haber aceptado nuestra miseria? ¿Qué hay más rebosante de piedad que la Palabra de Dios convertida en tan poca cosa por nosotros?


San Bernardo de Claraval




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RORATE CÆLI

SANTA MISA RORATE CÆLI EN TORREÓN COAHUILA

La Misa Rorate es una tradición católica de Adviento, que se celebra durante los sábados, con la Misa “ de sancta Maria in Sábato”.  Estas Misas se vienen celebrando en la Parroquia de San Felipe de Jesús de Torreón Coahuila. 

Una particularidad de esta misa es que es celebrada a oscuras, sin luz ni del sol ni artificial: sólo la procurada por los numerosos candelabros en el altar y el presbiterio, y por las candelas que llevan los fieles en la mano. El sentido de tales celebraciones es profundo: en el Adviento nos preparamos a la fiesta del nacimiento de Cristo y con la Virgen nos preparamos a una llegada de Aquel que es la Luz y ha venido a disipar nuestras tinieblas y a iluminarnos en gracia y santidad.



Les compartimos estas imágenes de la Misa Rorate que se llevo a cabo en la Parroquia de San Felipe de Jesús de Torreón Coahuila el pásado sábado 14 de Diciembre del 2019, la cual se digno oficiar el R.P. Fray José de Jesús Jacobo OFM. 

Por tantas bendiciones en este 2019, Deo gratias.















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domingo, 26 de febrero de 2012

Magisterio sobre la lengua latina

50 aniversario de la Constitución Veterum Sapientia sobre la lengua latina


A pesar del silencio, se cumplió el pasado 22 de febrero del 2012, el 50° aniversario de la publicación de la Constitución Apostólica Veterum Sapientia del venerable Papa Juan XXIII sobre la importancia de la Lengua latina en la Iglesia.  


Por eso con el interés de fomentar el valor y la importancia de la Lengua latina en la Iglesia, vale la pena reproducir esta importante constitución que es parte del Magisterio de la Iglesia, y que sigue teniendo total vigencia.


CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA
VETERUM SAPIENTIA
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DE SU SANTIDAD
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JUAN
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POR LA DIVINA PROVIDENCIA
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PAPA XXIII
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PARA PROMOVER EL ESTUDIO DEL LATÍN
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JUAN OBISPO

SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS
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SOBRE EL RENACIMIENTO, EL ESTUDIO Y USO DEL LATÍN
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Primera Parte
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Excelencia y méritos de la lengua latina

La antigua sabiduría encerrada en la literatura de los griegos y de los romanos, así como las preclaras enseñanzas de los pueblos antiguos, deben considerarse como una aurora preanunciadora del Evangelio que el Hijo de Dios, árbitro y maestro de la gracia y de la doctrina, luz y guía de la humanidad [1], ha anunciado en la tierra. En efecto, los padres y los Doctores de la Iglesia reconocieron en esos antiquísimos e importantísimos monumentos literarios, cierta preparación de los espíritus para recibir las riquezas divinas, que Jesucristo en la economía de la plenitud de los tiempos [2] comunicó a los hombres; por consiguiente, con la introducción del cristianismo en el mundo, nada se perdió de cuanto los siglos precedentes habían producido de verdadero, de justo, de noble y de bello.
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Es una herencia preciosa transmitida a la Iglesia
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Por tanto, la Iglesia rindió siempre sumo honor a estos venerables documentos de sabiduría, y sobre todo a las lenguas griega y latina, que de la sabiduría misma son como el áureo ropaje; y acogió asimismo el uso de otras venerables lenguas, florecidas en Oriente, que mucho contribuyeron al progreso humano y a la civilización y que, usadas en los sagrados ritos y en las versiones de las Sagradas Escrituras, se encuentran aún en vigor en algunas naciones, como expresión de un antiguo uso, ininterrumpido y vivo.
En esta variedad de lenguas se destaca sin duda la que, nacida en el Lacio, llegó a ser más tarde admirable instrumento para la propagación del cristianismo en Occidente. Ya que, ciertamente no sin especial providencia de Dios, esta lengua, que durante muchos siglos unió a muchas gentes bajo la autoridad del Imperio; llegó a ser la lengua propia de la Sede Apostólica [3] y, conservada para la posteridad, unió entre sí con estrecho vínculo de unidad a los pueblos cristianos de Europa.
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Las dotes del latín corresponden a la naturaleza y la misión de la Iglesia.
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En efecto, la lengua latina es por su naturaleza perfectamente adecuada para promover cualquier forma de cultura en cualquier pueblo: no suscita celos, se muestra imparcial con todos, no es privilegio de nadie y es bien aceptada por todos. Y no cabe olvidar que la lengua latina tiene una conformación propia, noble y característica: un estilo conciso, variado, armonioso, lleno de majestad y de dignidad [4] que conviene de modo singular a la claridad y a la gravedad.
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Por estos motivos la Sede Apostólica se ha preocupado siempre de conservar con celo y amor la lengua latina, y la ha estimado digna de usarla ella misma, como espléndido ropaje de la doctrina celestial y de las santísimas leyes [5],en el ejercicio de su sagrado ministerio, así como de que la usaran sus ministros. Donde quiera que éstos se encuentren, pueden, con el conocimiento y el uso del latín, llegar a saber más rápidamente todo lo que procede de la Sede Romana, así como comunicarse más libremente con ella y entre sí.
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Por lo tanto, el pleno conocimiento y el fácil uso de esta lengua, tan íntimamente ligada a la vida de la Iglesia, interesan más a la religión que a la cultura y a las letras [6], como dijo Nuestro Predecesor de inmortal memoria, Pío XI, el cual indagando científicamente sus razones, indicó tres dotes de esta lengua, en admirable consonancia con la naturaleza de la Iglesia. En efecto, la Iglesia, al abrazar en su seno a todas las naciones y al estar destinada a durar hasta la consumación de los siglos, exige por su misma naturaleza una lengua universal, inmutable, no popular [7].
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Lengua universal
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Dado que toda la Iglesia tiene que depender de la Iglesia Romana y que los Sumos Pontífices tienen verdadera potestad episcopal, ordinaria e inmediata, no solamente sobre todas y cada una de las iglesias, sino también sobre todos y cada uno de los Pastores y fieles [8] de todos los ritos, pueblos y lenguas, resulta como consecuencia que el instrumento de mutua comunicación debe ser universal y uniforme sobre todo entre la Santa Sede y las diferentes Iglesias del mismo rito latino. Por lo tanto, los Romanos Pontífices cuando quieren instruir a los pueblos católicos, lo mismo que los Ministerios de la Curia Romana en la resolución de asuntos y en la redacción de decretos que afectan a toda la comunidad de los fieles, usan siempre la lengua latina, por ser ésta aceptada y grata a todos los pueblos como voz de la madre común.
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Lengua inmutable
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No tan sólo universal sino también inmutable debe ser la lengua usada por la Iglesia. Porque si las verdades de la Iglesia Católica fueran encomendadas a algunas o muchas de las mudables lenguas modernas, ninguna de las cuales tuviera autoridad sobre las demás, acontecería que, varias como son, no a muchos sería manifiesto con suficiente precisión y claridad el sentido de tales verdades, y por otra parte no habría ninguna lengua que sirviera de norma común y constante, sobre la cual tener que regular el exacto sentido de las demás lenguas. Pues bien, la lengua latina, ya desde hace siglos sustraída a las variaciones de significado que el uso cotidiano suele introducir en los vocablos, debe considerarse fija e invariable, ya que los nuevos significados de algunas palabras latinas, exigidos por el desarrollo, por la explicación y defensa de las verdades cristianas, han sido desde hace tiempo determinados en forma estable.
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Tesoro incomparable y clave de la tradición
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Además, la lengua latina, a la que podemos verdaderamente llamar católica [9] por estar consagrada por el constante uso que de ella ha hecho la Sede Apostólica, madre y maestra de todas las Iglesias, debe considerarse un tesoro ... de valor incomparable [10], una puerta que pone en contacto directo con las verdades cristianas transmitidas por la tradición y con los documentos de la enseñanza de la Iglesia [11] ; y, en fin, un vínculo eficacísimo que une en admirable e inalterable continuidad a la Iglesia de hoy con la de ayer y de mañana.
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Eficacia formativa
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Además, no hay nadie que pueda poner en duda toda la eficacia especial que tienen tanto la lengua latina como, en general, la cultura humanística, en el desarrollo y formación de las tiernas mentes de los jóvenes. En efecto, cultiva, madura y perfecciona las mejores facultades del espíritu; da destreza de mente y fineza de juicio; ensancha y consolida a las jóvenes inteligencias para que puedan abrazar y apreciar justamente todas las cosas y, por último, enseña a pensar y a hablar con orden sumo.
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Por estos méritos la Iglesia la ha sostenido siempre y la sostiene.
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Si se ponderan, en efecto, estos méritos, se comprenderá fácilmente por qué tan frecuentemente los Romanos Pontífices no solamente, han exaltado tanto la importancia y la excelencia de la lengua latina sino que incluso han prescrito su estudio y su uso a los sagrados ministerios del clero secular y regular, denunciando claramente los peligros que se derivan de su abandono.
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También Nos, por lo tanto, impulsados por los mismos gravísimos motivos que ya movieron a Nuestros Predecesores y a los Sínodos Provinciales [12], deseamos con firme voluntad que el estudio de esta lengua, restituida a su dignidad, sea cada vez más fomentado y ejercitado. Y como el uso de latín se pone durante nuestros días en discusión en algunos lugares y muchos preguntan cuál es a este propósito el pensamiento de la Sede Apostólica, hemos decidido proveer con normas oportunas, enunciadas en este solemne documento para que el antiguo e ininterrumpido uso de la lengua latina sea mantenido y donde hubiera caído casi en abandono, sea absolutamente restablecido.
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Por lo demás, creemos que Nuestro pensamiento sobre esta cuestión ha sido ya por Nos con suficiente claridad expresado con estas palabras dichas a ilustres estudiosos de latín: "Por desgracia, hay muchos que extrañamente deslumbrados por el maravilloso progreso de las ciencias, pretenden excluir o reducir el estudio del latín y de otras disciplinas semejantes... Nos, en cambio, precisamente por esta impelente necesidad, pensamos que debe seguirse un camino diferente. Del mismo modo que en el espíritu penetra y se fija lo que más corresponde a la naturaleza y dignidad humana, con más ardor hay que adquirir cuanto forma y ennoblece el espíritu, con el fin de que los pobres mortales no lleguen a ser, como las maquinas que construyen, fríos, duros y carentes de amor" [13].
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Segunda Parte
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Disposiciones del Papa para un renacimiento del estudio y del uso del latín
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Después de haber examinado y ponderado cuidadosamente cuanto hasta ahora se ha expuesto, Nos, en la segura conciencia de Nuestra misión y de Nuestra autoridad, determinamos y ordenamos cuanto sigue:
1. Tanto los Obispos como los Superiores Generales de Ordenes Religiosas provean para que en sus Seminarios y Escuelas, en donde los jóvenes son preparados para el sacerdocio, todos se muestren en este punto dóciles a la voluntad de la Sede Apostólica, y se atengan escrupulosamente a estas Nuestras prescripciones.
2. Velen igualmente con paternal solicitud para que ninguno de sus súbditos, por afán de novedad, escriba contra el uso de la lengua latina tanto en la enseñanza de las sagradas disciplinas como en los sagrados ritos de la Liturgia ni, movidos por prejuicios, disminuya en esta materia la fuerza preceptiva de la voluntad de la Sede Apostólica y altere su sentido.
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3. Como se halla establecido tanto por el Código de Derecho Canónico (can. 1.364) [14] como por Nuestros Predecesores, los aspirantes al sacerdocio, antes de empezar los estudios propiamente eclesiásticos, sean instruidos con sumo cuidado en la lengua latina por profesores muy expertos, con método adecuado y por un período de tiempo apropiado, para que no suceda luego que, al llegar a las disciplinas superiores, no puedan, por culpable ignorancia del latín, comprenderlas plenamente, y aún menos ejercitarse en las disputas escolásticas con las que las mentes de los jóvenes se adiestran en la defensa de la verdad [15]. Y esto entendemos que valga también para los que han sido llamados al sacerdocio por Dios ya maduros en edad, sin haber hecho ningún estudio clásico o demasiado insuficiente. Nadie, en efecto, habrá de ser admitido al estudio de las disciplinas filosóficas o teológicas si antes no ha sido plenamente instruido en esta lengua y si no domina su uso.
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4. Si en algún país el estudio de la lengua latina ha sufrido en algún modo disminuciones en daño de la verdadera y sólida formación, por haber las escuelas eclesiásticas asimilando los programas de estudio de las públicas, deseamos que allí se conceda de nuevo el tradicional lugar reservado a la enseñanza de esta lengua; ya que todos deben convencerse de que también en este punto hay que tutelar escrupulosamente las exigencias propias de la formación de los futuros sacerdotes, no tan sólo por lo que se refiere al número y calidad de las materias sino también por lo que concierne al tiempo que debe atribuirse a su enseñanza. Que si, por circunstancias de tiempo y de lugar, otras materias hubiesen de ser añadidas a las en uso, entonces o habrá que ampliar la duración de los estudios o esas disciplinas habrán de darse en forma compendiosa, o habrá que dejar su estudio para otro tiempo.
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5. Las principales disciplinas sagradas, como se ha ordenado en varias ocasiones, deben ser enseñadas en latín, lengua que por el uso desde hace tantos siglos sabemos que es apropiadísima para explicar con facilidad y con claridad singular la íntima y profunda naturaleza de las cosas [16], porque a más de haberse enriquecido ya desde hace muchos siglos con vocablos propios y bien definidos en el sentido y por lo tanto adecuados para mantener íntegro el depósito de la fe católica, es al mismo tiempo muy adecuada para que se evite la superflua verbosidad. Por lo tanto, los que en las Universidades o en Seminarios enseñen estas disciplinas están obligados a hablar en latín y a servirse de textos escritos en latín. Que si, por ignorancia de la lengua latina, no pueden convenientemente cumplir con estas prescripciones de la Santa Sede, poco a poco sean remplazados por otros profesores más idóneos. Las dificultades, por otra parte, que pueden venir por parte de los alumnos o de los profesores, deben ser superadas por la firme voluntad de los Obispos y Superiores Religiosos, y por la dócil y buena voluntad de los maestros.
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6. Dado que la lengua latina es lengua viva dela Iglesia, con el fin de que sea adecuada a las necesidades lingüísticas día a día mayores, y para que sea enriquecida con nuevos vocablos propios y adecuados, en manera uniforme, universal y conforme con la índole de la antigua lengua latina -manera ya seguida por los Santos Padres y por los mejores escritores escolásticos-, damos mandato a la Sagrada Congregación de Seminarios y Universidades de Estudios, con el fin de que cuiden de fundar un Instituto Académico de la lengua latina. Este Instituto, que habrá de tener su propio cuerpo de profesores expertísimos en las lenguas latina y griega provenientes de las diversas partes del mundo, tendrá como finalidad principal -como ocurre con las Academias Nacionales, fundadas para promover las respectivas lenguas- la de dirigir el ordenado desarrollo de la lengua latina, enriqueciendo , si es preciso, el léxico de palabras que sean conformes con la índole y colorido propio; y al mismo tiempo disponer de escuelas de latín de todas las edades y sobre todo de la edad cristiana. En estas escuelas serán formados en el conocimiento más pleno y profundo del latín, en su uso, en el estilo propio y elegante, los que están destinados a enseñarlo en los Seminarios y Colegios Eclesiásticos, o a escribir decretos, sentencias y cartas en los Ministerios de la Santa Sede, en las Curias Episcopales y en las Oficinas de las Ordenes Religiosas.
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7. Hallándose la lengua latina estrechamente ligada a la griega por la naturaleza de su conformación y por la importancia de las obras que nos han sido legadas, también en ella, como han ordenado a menudo Nuestros Predecesores, habrán de ser instruidos los futuros ministros del altar desde las escuelas inferiores a medias, con el fin de que cuando estudien las disciplinas superiores y sobre todo si aspiran a los grados académicos en Sagrada Escritura y en Teología, puedan señalar y rectamente comprender no solamente las fuentes griegas de la filosofía escolástica, sino también los textos originales de la Sagrada Escritura, de la Liturgia y de los Santos Padres Griegos [17].
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8. Damos orden asimismo a la Sagrada Congregación de Estudios para que prepare un Ordenamiento de los estudios de latín -que habrá de ser observado por todos fielmente- y tal que proporcione a cuantos lo sigan un conveniente conocimiento y uso de esta lengua.
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Este programa podrá, por exigencias particulares, ser ordenado de otro modo por las diversas Comisiones de Ordinarios, sin que, sin embargo, sea jamás cambiada o atenuada su naturaleza y su fin. Sin embargo, los Ordinarios no crean poder realizar proyectos sin que la Sagrada Congregación los haya examinado y aprobado primeramente.
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Cuanto con esta Nuestra Constitución hemos establecido, decretado, ordenado y solicitado, pedimos y mandamos con Nuestra autoridad que se mantenga definitivamente firme y sancionado, y que ninguna otra prescripción o concesión, incluso digna de mención especial, tenga ya vigor contra esta orden.
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Dada en Roma, junto a San Pedro, el 22 de febrero, fiesta de la Cátedra de San Pedro, el año 1962, cuarto de Nuestro Pontificado.
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IOANNES P.P. XXIII
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Notas
[1] Tertu., Abol., 21; Migne, Pl. 1, 394.
[2] Ef. 1,10.
[3] Epist. S. Cong. Estud. Vehementer Sane, Ad Episc. universos, 1º de julio de 1908; Ench. Cler. nº 820. Cfr. también Epist. Ap. de Pío XI, Unigenitus Dei Filius, 19 de marzo de 1924: A.A.S. 16 (1924), 141.
[4] Pío XI, Epist. Ap. Officiorum omnium, 1º de agosto de 1922: A.A.S. 14 (1922), 452-453.
[5] Pío X, Motu Proprio Litteratum Latinarum, 20 de octubre de 1924: A.A.S. 16 (1924), 417.
[6] Pío XI, Epist. Ap. Officiarum omnium, 1º de agosto de 1922: A.A.S. 14 (1922), 452.
[7] Ibem.
[8] S. Ireneo. Adver. Haer., 3,3,2; Migne, PG 7. 848.
[9] Cfr. Pío XI, Epist. Ap. Officiorum omnium, 1º de agosto de 1922: A.A.S. 14 (1922), 453.
[10] Pío XI, Officiorum omnium, 1º de agosto de 1922: A.A.S. 14 (1922), 453.
[11] León XIII, Epist. Encicl. Después del día, 8 de sept. de 1809; Acta Leonis XIII, 19 (1899), 166.
[12] Cfr. Collectio Lacensis, sobre todo : Vol. III, 1018 ss. (Conc. Prov. Westmonasteriense, 1859); Vol. IV, 29 (Conc. Prov. Parisiense, 1849); Vol. IV, 394, 390 (Conc. Prov. Avenionense, 1848); Vol. IV, 394, 396 (Conc. Prov. Burdigalense, 1850) Vol. V, 61 (Conc. Strigoniense, 1858); Vol. VI, 619 (Synod. Vicar. Suchnensis, 1803).
[13] Ad. Conventum Internat. " Ciceronianis studiis provehendis" 7 de sep. de 1959; en Discursos, Mensajes y Coloquios de Santo Padre Juan XXIII. pags. 234-235. Cfr. también Aloc. a la Peregrinación de la Diócesis de Placenza, 15 de abril de 1959); Epist. Pater Misericordiarum, 22 de agosto de 1961; A.A.S. 53 (1961); Aloc. con ocasión de la solemne inauguración del Colegio Filipino en Roma el 7 de octubre de 1961; Epist. Iucunda laudatio, 9 de diciembre de 1961; A.A.S. 53 (1961), 812.
[14] Canon 1.364 del Código de Derecho Canónico de S.S. Benedicto XV de 1917. En el nuevo Código de Derecho Canónico promulgado por mandato de S.S. Juan Pablo II de 1983, corresponde a canon 249 en donde se dice:" ...no solo sean instruidos cuidadosamente en su propia lengua, sino a que dominen la lengua latina, ...."
[15] Pío XI, Epist. Ap. Officiorum omnium, 1º de agosto de 1922; A.A.S. 14 (1922), 453.
[16] Epist. de la S.S. de los Estudios. Vehementer sane, 1º de julio de 1908; Ench. Cler., n. 821.
[17] León XIII, Carta Enc. Providentisimus Deus, 18 de nov. de 1893; Acta Leonis XIII, 13 (1893), 342; Epist. Plane quidem intelligis, 20 de mayo de 1885, Acta 63-64; Pío XII, Aloc. Magis quam, 23 de sep. de 1951: A.A

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martes, 24 de enero de 2012

La fe crea belleza

Si la Fe es viva..



La fe es amor y por ello crea poesía y crea música. La fe es alegría y por ello crea belleza.

Y si la fe sigue viva, esta herencia cultural no muere, sino que sigue viva y presente. Los iconos siguen hablando hoy al corazón de los creyentes; no son cosas del pasado. Las catedrales no son monumentos medievales, sino casas de vida, donde nos sentimos "en casa": en ellas encontramos a Dios y nos encontramos los unos con los otros. Tampoco la gran música el canto gregoriano, o Bach o Mozart es algo del pasado, sino que vive en la vitalidad de la liturgia y de nuestra fe.

Si la fe es viva, la cultura cristiana no se convierte en cosa del"pasado", sino que sigue viva y presente. Y si la fe es viva, también hoy podemos responder al imperativo que siempre se repite en los Salmos: "Cantad al Señor un cántico nuevo".


(Benedicto XVI, Audiencia General, Ciudad del Vaticano, Mayo 21, 2008)


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jueves, 29 de diciembre de 2011

Volvamos al Señor en el Altar

El crucifijo en el centro del altar en la Misa  
según la "forma ordinaria" hacía el pueblo.

 Misa "cara al pueblo" del Papa Benedicto XVI, con el Cristo en el Centro


Fuente: Oficina de Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontifice
www.vatican.va

Desde tiempos remotos, la Iglesia estableció signos sensibles que ayudaran a los fieles a elevar el alma a Dios. El Concilio de Trento, refiriéndose en particular a la Santa Misa, motivó esta costumbre recordando que “Como la naturaleza humana es tal que sin los apoyos externos no puede fácilmente levantarse a la meditación de las cosas divinas, por eso la piadosa madre Iglesia instituyó determinados ritos [...] con el fin de encarecer la majestad de tan grande sacrificio [la Eucaristía] e introducir las mentes de los fieles, por estos signos visibles de religión y piedad, a la contemplación de las altísimas realidades que en este sacrificio están ocultas” (DS 1746).

Misa Tradicional, ad orientem, como siempre ha sido en la Iglesia.

Uno de los signos más antiguos consiste en volverse hacia oriente para rezar. Oriente es símbolo de Cristo, el Sol de justicia. “Erik Peterson ha demostrado la estrecha conexión entre la oración hacia oriente y la cruz, conexión evidente como muy tarde en el periodo constantiniano. [...] Entre los cristianos se difundió la costumbre de indicar la dirección de la oración con una cruz sobre la pared oriental en el ábside de las basílicas, pero también en las habitaciones privadas, por ejemplo, de monjes y eremitas” (U.M. Lang, Rivolti al Signore, Siena 2006, p. 32).
Los fieles al asistir al Santo Sacrificio de la Misa, siempre habían orado hacía el ábside, hacía Cristo

“Si se nos pregunta hacia dónde miraban el sacerdote y los fieles durante la oración, la respuesta debe ser: ¡a lo alto, hacia el ábside! La comunidad orante durante la oración no miraba, de hecho, adelante al altar o a la cátedra, sino que elevaba a lo alto las manos y los ojos. Así el ábside llegó a ser el elemento más importante de la decoración de la iglesia, en el momento más íntimo y santo de la actuación litúrgica, la oración” (S. Heid, «Gebetshaltung und Ostung in frühchristlicher Zeit», Rivista di Archeologia Cristiana 82 [2006], p. 369). Cuando, por tanto, se encuentra representado en el ábside Cristo entre los apóstoles y los mártires, no se trata sólo de una representación, sino más bien de una epifanía ante la comunidad orante. La comunidad entonces “elevaba las manos y los ojos 'al cielo'”, miraba concretamente a Cristo en el mosaico absidial y hablaba con él, le rezaba. Evidentemente, Cristo estaba así directamente presente en la imagen. Dado que el ábside era el punto de convergencia de la mirada orante, el arte proporcionaba lo que el orante necesitaba: el Cielo, desde el que el Hijo de Dios se mostraba a la comunidad como desde una tribuna” (Ibíd., p. 370).

Por tanto, “rezar y orar para los cristianos de la antigüedad tardía formaba un todo. El orante quería no sólo hablar, sino esperaba también ver. Si en el ábside se mostraba de modo maravilloso una cruz celeste o a Cristo en su gloria celeste, entonces por eso mismo el orante que miraba hacia lo alto podía ver exactamente esto: que el cielo se abría para él y que Cristo se le mostraba” (Ibíd., p. 374).

El Crucifijo en el centro del altar en la Misa “hacia el pueblo”

Misa del Papa Benedicto XVI en la basílica de San Pedro

De los anteriores apuntes históricos, se deduce que la liturgia no se comprende verdaderamente si se la imagina principalmente como un diálogo entre el sacerdote y la asamblea. No podemos aquí entrar en los detalles: nos limitamos a decir que la celebración de la Santa Misa “hacia el pueblo” es un concepto que entró a formar parte de la mentalidad cristiana sólo en la época moderna, como lo han demostrado estudios serios y lo reafirmó Benedicto XVI: “La idea de que sacerdote y pueblo en la oración deberían mirarse recíprocamente nació sólo en la época moderna y es completamente extraña a la cristiandad antigua. De hecho, sacerdote y pueblo no dirigen uno al otro su oración, sino que juntos la dirigen al único Señor” (Teología de la Liturgia, Ciudad del Vaticano 2010, pp. 7-8).

A pesar de que el Vaticano II nunca tocó este aspecto, en 1964 la Instrucción Inter Oecumenici, emanada del Consilium encargado de llevar a cabo la reforma litúrgica querida por el Concilio, en el n. 91 prescribió: “Es bueno que el altar mayor se separe de la pared para poder girar fácilmente alrededor y celebrar versus populum”. Desde aquel momento, la posición del sacerdote “hacia el pueblo”, aún no siendo obligatoria, se convirtió en la forma más común de celebrar Misa. Estando así las cosas, Joseph Ratzinger propuso, también en estos casos, no perder el significado antiguo de oración “orientada” y sugirió superar las dificultades poniendo en el centro del altar el signo de Cristo crucificado (cf. Teología de la Liturgia, p. 88). Uniéndome a esta propuesta, añadí a mi vez la sugerencia de que las dimensiones del signo deben ser tales que lo hagan bien visible, so pena de poca eficacia (cf. M. Gagliardi, Introduzione al Mistero eucaristico, Roma 2007, p. 371).



La visibilidad de la cruz del altar está presupuesta por el Ordenamiento General del Misal Romano: “Igualmente, sobre el altar, o cerca de él, colóquese una cruz con la imagen de Cristo crucificado, que pueda ser vista sin obstáculos por el pueblo congregado” (n. 308). No se precisa, sin embargo, si la cruz debe estar necesariamente en el centro. Aquí intervienen por tanto motivaciones de orden teológico y pastoral, que en el estrecho espacio a nuestra disposición no podemos exponer. Nos limitamos a concluir citando de nuevo a Ratzinger: “En la oración no es necesario, es más, no es ni siquiera conveniente mirarse mutuamente; mucho menos al recibir la comunión. [...] En una aplicación exagerada y malentendida de la 'celebración de cara al pueblo', de hecho, se han quitado como norma general – incluso en la basílica de San Pedro en Roma – las Cruces del centro de los altares, para no obstaculizar la vista entre el celebrante y el pueblo. Pero la Cruz sobre el altar no es impedimento a la visión, sino más bien un punto de referencia común. Es una 'iconostasis' que permanece abierta, que no impide el recíproco ponerse en comunión, sino que hace de mediadora y que sin embargo significa para todos esa imagen que concentra y unifica nuestras miradas. Osaría incluso proponer la tesis de que la Cruz sobre el altar no es obstáculo, sino condición preliminar para la celebración versus populum. Con ello volvería a estar nuevamente clara también la distinción entre la liturgia de la Palabra y la plegaria eucarística. Mientras en la primera se trata de anuncio y por tanto de una inmediata relación recíproca, en la segunda se trata de adoración comunitaria en la que todos nosotros seguimos estando bajo la invitación: ¡Conversi ad Dominum – dirijámonos al Señor; convirtámonos al Señor!” (Teología de la Liturgia, p. 536).




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