martes, 26 de enero de 2010

La Misa de Siempre


EL MOTU PROPRIO SUMMORUM PONTIFICUM ES UN RECONOCER LA GRAN TRADICIÓN LITÚRGICA CATÓLICA, DE LA CUAL LA IGLESIA NO PUEDE PRESCINDIR
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¿Los Obispos en México han reflexionado sobre esto?
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*Textos de la reciente entrevista concedida por el Cardenal Antonio Cañizares Prefecto de la Congregación del Culto Divino al vaticanista Paolo Rodari:

RENUNCIAR A LA TRADICIÓN DEL RITO ROMANO SERÍA UNA TRAICIÓN
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Creo que el Motu Proprio tiene un valor muy grande en sí mismo, y para la Iglesia y la liturgia. Si bien a algunos esto les disgusta, a juzgar por las reacciones que llegaron y que continúan llegando, es justo y necesario decir que el Motu Proprio no es un paso atrás ni un retorno al pasado. Es reconocer y acoger, con sencillez y en toda su amplitud, los tesoros y la herencia de la gran Tradición que tiene en la liturgia su expresión más auténtica y profunda. La Iglesia no puede permitirse prescindir, olvidar o renunciar a los tesoros y a la rica herencia de esta tradición, contenida en el Rito romano. Sería una traición y una negación de sí misma. No se puede abandonar la herencia histórica de la liturgia eclesiástica, ni querer establecer todo ex novo, como algunos pretenderían, sin amputar partes fundamentales de la misma Iglesia.
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LA LITURGIA ES TRADICIÓN, LO QUE SE NOS HA DADO DE UNA VEZ PARA SIEMPRE
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Algunos entendieron la reforma litúrgica conciliar como una ruptura y no como un desarrollo orgánico de la Tradición. En aquellos años del post-Concilio, el «cambio» era una palabra casi mágica; había que modificar todo lo que había estado antes hasta el punto de olvidarlo; todo nuevo; era necesario introducir novedades, en el fondo, obra y creación humana. No podemos olvidar que la reforma litúrgica y el post-Concilio coincidieron con un clima cultural marcado o dominado intensamente por una concepción del hombre como «creador» que difícilmente estaba en sintonía con una liturgia que es, sobre todo, acción de Dios y prioridad suya, derecho de Dios, adoración de Dios y también tradición, lo que hemos recibido,lo que se nos ha dado de una vez para siempre.

Misa Pontifical celebrada por el Cardenal Colombiano Darío Castrillon Hoyos.
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LA PASIÓN POR EL CAMBIO TODAVÍA NO HA SIDO SUPERADA
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La liturgia no la hacemos nosotros, no es nuestra obra, sino de Dios. Esta concepción del hombre «creador» que conduce a una visión secularizada de todo donde Dios, con frecuencia, no tiene un lugar, esta pasión por el cambio y la pérdida de la tradición, todavía no ha sido superada. Y esto, en mi opinión, entre otras cosas, ha hecho que algunos vieran con tanto recelo el Motu Proprio, o que a algunos les desagrade recibirlo y acogerlo, reencontrar las grandes riquezas de la tradición litúrgica romana que no podemos dilapidar, o buscar y aceptar el enriquecimiento recíproco entre la forma «ordinaria» y la «extraordinaria» en el único Rito romano.
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EL MOTU PROPRIO SE RELACIONA CON LA INTERPRETACIÓN QUE SE HACE DEL CONCILIO
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El Motu Proprio Summorum Pontificum es un valor grandísimo, que todos deberíamos apreciar. No sólo tiene que ver con la liturgia sino con el conjunto de la Iglesia, con lo que es y significa la tradición, sin la cual la Iglesia se convierte en una institución humana que cambia y, por supuesto, también se relaciona con la lectura y la interpretación que se hace o se hizo del Concilio Vaticano II. Cuando se lee y se interpreta en clave de ruptura o de discontinuidad, no se entiende nada del Concilio y se lo tergiversa totalmente. Por eso, como indica el Papa, sólo una «hermenéutica de la continuidad» nos lleva a una lectura justa y correcta del Concilio, y a conocer la verdad de lo que dice y enseña en su totalidad y, particularmente, en la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la divina liturgia, la cual es inseparable, por lo tanto, de este mismo conjunto. El Motu Proprio, en consecuencia, tiene también un valor altísimo para la comunión de la Iglesia.

Santa Misa según la forma extraordinaria del Rito Romano
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TENEMOS EL DEBER DE ACOGER LOS GESTOS Y ENSEÑANZAS DEL PAPA
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El gran aporte del Papa, en mi opinión, es que nos está llevando hasta la verdad de la liturgia. Con una sabia pedagogía, nos está introduciendo en el auténtico espíritu de la liturgia (como dice el título de unas de su obras principales antes de convertirse en Papa).Él, ante todo, está siguiendo un sencillo proceso educativo que pretende ir hacia este espíritu o sentido auténtico de la liturgia para superar una visión estrecha de la liturgia que está muy arraigada. Sus enseñanzas tan ricas y abundantes en este campo, como Papa y también antes de serlo, así como los sugestivos gesto que están acompañando las celebraciones que preside, van en esta misma dirección. Acoger estos gestos y estas enseñanzas es un deber que tenemos si estamos dispuestos a vivir la liturgia de un modo conforme a su misma naturaleza y si no queremos perder los tesoros y las herencias litúrgicas de la tradición. Además, constituyen un verdadero don para la formación, tan urgente y necesaria, del pueblo cristiano.
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ESTÁN TENIENDO MUCHAS DIFICULTADES QUIENES USAN EL RITO EXTRAORDINARIO
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En esta perspectiva, hay que ver el mismo Motu Proprio que ha confirmado la posibilidad de celebrar con el rito del Misal romano aprobado por Juan XXIII y que se remonta, con las sucesivas modificaciones, al tiempo de san Gregorio Magno y aún antes. Es cierto que hay muchas dificultades que están teniendo quienes, en el uso de lo que es un derecho, celebran o participan en la Santa Misa conforme al «rito antiguo» o «extraordinario». En realidad, no habría necesidad de esta oposición, ni mucho menos de ser vistos con sospecha, o de ser etiquetados como «preconciliares» o, peor aún, «anticonciliares». Las razones de esto son múltiples y diversas; sin embargo, son las mismas que llevaron a una reforma litúrgica entendida como ruptura y no en el horizonte de la tradición y de la hermenéutica de la continuidad que reclama la renovación y la verdadera reforma litúrgica en la clave del Vaticano II. No podemos olvidar, además, que en la liturgia se toca lo más importante de la fe y de la Iglesia y, por eso, cada que vez que en la historia se ha tocado algo de la liturgia, no ha sido raro que hubiera tensiones e incluso
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El Sagrario en el Centro


El tabernáculo no es un estorbo


Un altar Católico
Publicamos a continuación un interesante artículo aparecido en la edición de hoy deL’Osservatore Romano. En él su autor, profesor de Historia de Arte Cristiano en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz de Roma, hace una glosa sobre la centralidad del tabernáculo a propósito de una colaboración que, sobre arquitectura sagrada, publicó en octubre pasado, en el periódico oficioso de la Santa Sede, el prominente arquitecto Paolo Portoghesi (Roma, 1931). La traducción española del texto de referencia de Portoghesi va al final del artículo del Prof. Dolz.
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Es de esperar que la piedra lanzada en el estanque por el arquitecto Paolo Portoghesi produzca una amplia onda de reflexión entre la gente del oficio. El punto puesto en relieve es claro: la revalorización conciliar de la dimensión comunitaria, esencial para la fe cristiana, ha llevado en su fase de aplicación a una desacralización que nada tiene que ver con las enseñanzas del Vaticano II.
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No faltan las razones teológicas y escriturísticas; es más, una visión de la Iglesia como depositaria de la sacralidad, o más bien de la santidad. Jesús aclaró a la Samaritana: “Llega la hora en la que ni sobre este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre (…). Llega la hora –y es ésta– en la que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad: pues así quiere el Padre que sean aquellos que lo adoran” (Juan, IV, 21-23).
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En el Cristianismo no hay, propiamente hablando, lugares sagrados. Dios está en todas partes y especialmente en el hombre en estado de gracia, el que Orígenes proponía con orgullo como la imagen más exacta de Dios:“No hay parangón entre el Zeus Olímpico esculpido por Fidias y el hombre esculpido a imagen de Dios Creador” (Contra Celsum, VIII, 18). Santo es el hombre (o puede serlo) y santa es la Iglesia. Y “donde dos o tres se hallan reunidos en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos” (Mateo, XVIII, 20).
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Sobre esta base, verdadera fe antigua de la Iglesia, se ha dado una enfatización, una hipertrofia que llega a veces hasta a negar la validez de la acción religiosa individual. Así, la iglesia edificio es mirada como el centro de reunión de la asamblea o comunidad, que es sagrado sólo mientras se desarrolla en él una acción sagrada y en ausencia de ésta se vuelve un cascarón vacío, no previéndose, por tanto, un uso personal, individual, “privado” del lugar. Pero la iglesia transformada en una sala de reuniones no tiene necesidad de imágenes; éstas incluso son un estorbo. Piénsese en una sala de conferencias o congresos: cuanto más sucinta mejor cumplen con su cometido, ayudando a concentrar la atención sobre los ponentes. Las iglesias para la asamblea no quieren imágenes porque no sirven, porque molestan. Y en el fondo la cosa encaja bien con el gusto minimalista y purista de muchos arquitectos, sean creativos o imitadores (foto abajo).

Una forma Minimalista equivoca de colocar el sagrario en el centro, sacrificando el altar..

Las iglesias sobrias y más o menos desnudas no son, por supuesto, una novedad del siglo XX y también han contribuido a su modo al encuentro con Dios en Jesucristo. Pero no se puede apelar al Vaticano II para justificar la ausencia de imágenes, ni mucho menos la invalidez de la oración personal en el interior de la iglesia. En la Sacrosanctum Concilium leemos que la finalidad del arte sacro es la de “colaborar lo más posible con sus obras para orientar santamente los hombres hacia Dios”; también que "la Iglesia se consideró siempre, con razón, como árbitro de las mismas, discerniendo, entre las obras de los artistas, aquellas que estaban de acuerdo con la fe, la piedad y las leyes religiosas tradicionales y que eran consideradas aptas para el uso sagrado" (122). Y seguidamente declara: "Manténgase firmemente la práctica de exponer imágenes sagradas a la veneración de los fieles"(125), recomendando al mismo tiempo moderación para evitar las exageraciones, siempre posibles en esta materia.
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Consecuencia extrema y más clara de la posición asambleísta es la pérdida de importancia de la Eucaristía entendida como presencia real de Cristo en la hostia después de la Misa. Si no se piensa en la adoración personal –y no siendo, de hecho, practicada la adoración comunitaria– el tabernáculo se convierte en un estorbo y se vuelve difícil su colocación más allá de los dos polos litúrgicos mayormente tomados en consideración: el altar y el ambón. Así, en muchas iglesias ha ido siendo objeto de una progresiva marginación hasta llegarse a su total ocultación, a la que no es extraña una falta de fe en la presencia real por parte de algunos sectores.
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Sin embargo, la historia del tabernáculo refleja el creciente desarrollo del culto eucarístico, según aquel “progreso de la fe” ya delimitado por Vicente de Lerins en su Commonitorium (434) y que en este caso ha conocido dos momentos fuertes: el siglo XIII y las iniciativas de la reforma católica en torno al Concilio de Trento. En torno porque, por ejemplo, fue el obispo de Verona (foto), Matteo Giberti (+1543), el primero que colocó el tabernáculo sobre la mensa del altar, acción que pronto imitaron muchos. Come escribía Juan Pablo II en 2003:"Las formas de los altares y tabernáculos se han desarrollado dentro de los espacios de las sedes litúrgicas siguiendo en cada caso, no sólo motivos de inspiración estética, sino también las exigencias de una apropiada comprensión del Misterio" (Ecclesia de Eucharistia, 49). El asambleísmo, en cambio, ve la custodia eucarística de manera subsidiaria y no dimanante de la unión del fiel con Cristo más allá de la comunión.
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La exhortación de Benedicto XVI Sacramentum caritatis de 2007 recoge las reflexiones y las propuestas del Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía, por lo cual no se la ha de ver como la expresión de una u otra corriente teológica. Pues bien, en ella leemos: "Mientras la reforma daba sus primeros pasos, a veces no se percibió de manera suficientemente clara la relación intrínseca entre la santa Misa y la adoración del Santísimo Sacramento. Una objeción difundida entonces se basaba, por ejemplo, en la observación de que el Pan eucarístico no habría sido dado para ser contemplado, sino para ser comido. En realidad, a la luz de la experiencia de oración de la Iglesia, dicha contraposición se mostró carente de todo fundamento. Ya decía san Agustín: «nemo autem illam carnem manducat, nisi prius adoraverit; [...] peccemus non adorando – Nadie come de esta carne sin antes adorarla [...], pecaríamos si no la adoráramos». En efecto, en la Eucaristía el Hijo de Dios viene a nuestro encuentro y desea unirse a nosotros; la adoración eucarística no es sino la continuación obvia de la celebración eucarística, la cual es en sí misma el acto más grande de adoración de la Iglesia. Recibir la Eucaristía significa adorar al que recibimos. Precisamente así, y sólo así, nos hacemos una sola cosa con Él y, en cierto modo, pregustamos anticipadamente la belleza de la liturgia celestial. La adoración fuera de la santa Misa prolonga e intensifica lo acontecido en la misma celebración litúrgica" (66).
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Altar de la Iglesia en el santuario de Cristo de las Noas en Torreón Coahuila México. Se aprecia el Sagrario a un costado
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La consecuencia, en términos de diseño de iglesias, evidenciada en el mismo documento postsinodal es simple: "En las iglesias nuevas conviene prever que la capilla del Santísimo esté cerca del presbiterio; si esto no fuera posible, es preferible poner el sagrario en el presbiterio, suficientemente alto, en el centro del ábside, o bien en otro punto donde resulte bien visible. Todos estos detalles ayudan a dar dignidad al sagrario, cuyo aspecto artístico también debe cuidarse" (69).
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En último análisis la visibilización del tabernáculo y la exposición de imágenes sagradas están en la misma línea de la plegaria personal que, como se ha visto, no quita nada a la celebración comunitaria. De ello se sigue que tampoco las imágenes sagradas son sólo un adorno: “el arte sagrado –escribía Juan Pablo II– ha de distinguirse por su capacidad de expresar adecuadamente el Misterio, tomado en la plenitud de la fe de la Iglesia” (Ecclesia de Eucharistia, 50). A lo que hace eco el Sínodo a través de las palabras de Benedicto XVI cuando recuerda que “la iconografía religiosa se ha de orientar a la mistagogía sacramental. Un conocimiento profundo de las formas que el arte sacro ha producido a lo largo de los siglos puede ser de gran ayuda para los que tienen la responsabilidad de encomendar a arquitectos y artistas obras relacionadas con la acción litúrgica" (41).
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Hay, pues, materia de reflexión, no para invocar una restauración, sino para admitir con nobleza de ánimo los errores cometidos y para posibilitar nuevas líneas de desarrollo del arte sacro. La siguiente cuestión consistirá necesariamente en saber cómo hacer para que el poliédrico arte sacro contemporáneo manifieste adecuadamente el misterio de la Fe de la Iglesia. Ya que es del arte contemporáneo del cual vendrá la solución y no de reconstrucciones tan imposibles cuanto nostálgicas. En todo caso, nos encontramos ante una cuestión teológica y espiritual antes que estética.
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(© L'Osservatore Romano - 17 de enero de 2010)Traducción española de RVR
Tomado del Blog Roma Aeterna Una Voce Madrid.

domingo, 10 de enero de 2010

Todos Hacía el Señor

La Orientación de la Oración Litúrgica.
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Por Monseñor Guido Marini
Maestro de ceremonias de las celebraciones
liturgicas de Su Santidad el Papa Benedicto XVI
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Sobre todo y más allá de los cambios que han caracterizado, durante el curso del tiempo, la arquitectura de las iglesias y los lugares en los cuales la liturgia tiene lugar, una convicción ha permanecido clara entre la comunidad Cristiana, casi hasta el presente día. Me refiero a la oración mirando al oriente, una tradición que va hasta los orígenes de la Cristiandad.

¿Qué se entiende por “oración mirando al oriente”? Se refiere a la orientación del corazón orante hacia Cristo, de quien viene la salvación, y hacia quien se dirige tanto en el comienzo como en el fin de la historia. El sol nace en el oriente, y es sol es un símbolo de Cristo, la luz naciente en el Oriente. El pasaje mesiánico en el cántico del Benedictus viene fácilmente a la mente: “Por la insondable misericordia de nuestro Dios; nos visitará el sol que nace del Oriente”
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Estudios muy confiables y recientes han ahora probado efectivamente que, en cada época de su pasado, la comunidad Cristiana ha encontrado el modo de expresarse incluso en los signos litúrgicos externos y visibles, esta orientación fundamental para la vida de fe. Esto es por lo que encontramos iglesias construidas en tal forma que el ábside se vuelve al Oriente. Cuando tal orientación del espacio sagrado no es posible más, la Iglesia ha recurrido al Crucifijo puesto sobre el altar, sobre el cual todos pudieran centrarse. Del mismo modo muchos ábsides fueron decorados con representaciones resplandecientes del Señor. Todos fueron invitados a contemplar estas imágenes durante la celebración de la liturgia Eucarística.
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Sin recurrir a detallados análisis históricos del desarrollo del arte Cristiano, nos gustaría reafirmar que la oración mirando al oriente, más específicamente, mirando al Señor, es una expresión característica del autentico espíritu de la liturgia. Es de acuerdo con este sentido que estamos invitados a volver nuestros corazones al Señor durante la celebración de la Eucaristía, como el diálogo introductorio del Prefacio bien nos recuerda. Sursum corda “levantemos el corazón,” exhorta el sacerdote, y todos responden: Habemus ad Dominum “Lo tenemos levantado hacia el Señor.” Ahora, si tal orientación puede ser siempre adoptada interiormente por toda la comunidad Cristiana cuando se reúne en oración, debe ser posible encontrar esta orientación expresada externamente también por medio de signos. El signo exterior, aún más, no puede ser verdadero, sino de tal modo que por medio de su correcta actitud espiritual sea hecho visible.
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He aquí la razón de la propuesta hecha por el entonces Cardenal Ratzinger, y reafirmada presentemente durante el curso de su pontificado, ubicar el Crucifijo en el centro del altar, para que todos, durante la celebración de la liturgia, puedan concretamente mirar y observar hacia el Señor, en tal forma orienten también su oración y sus corazones. Escuchemos las palabras de Su Santidad, Benedicto XVI, directamente, quien en el prefacio del primer libro de sus Obras Completas, dedicado a la liturgia, escribe como sigue: “La idea de que el sacerdote y el pueblo deberían encararse uno al otro durante la oración, nació sólo en la Cristiandad moderna, y es completamente extraña a la antigua Iglesia. El sacerdote y el pueblo no deben ciertamente orar uno al otro, sino al único Señor. Entonces, ellos miran en la misma dirección durante la oración: ya hacia el oriente como un símbolo cósmico del Señor que viene, ó, donde esto no sea posible, hacia la imagen de Cristo en el ábside, hacia un crucifijo, o simplemente hacia los cielos, como nuestro Señor mismo hizo en su oración sacerdotal la noche antes de Su Pasión (Juan 17, 1). Mientras tanto, la propuesta hecha por mi al final del capitulo que trata de esta cuestión en mi trabajo “El Espíritu de la Liturgia” está afortunadamente llegando a ser más y más común: más bien que proceder con más transformaciones, simplemente ubicar el crucifijo en el centro del altar, al cual el sacerdote y los fieles puedan mirar y ser guiados en esta manera hacia el Señor, a quien todos se dirigen juntos en la oración.”
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No se diga, entonces, que la imagen de nuestro Señor crucificado obstruye la vista de los fieles de la del sacerdote, ¡porque ellos no están para mirar al celebrante en ese punto en la liturgia! ¡Están para volver su mirada hacia el Señor! Del mismo modo, el presidente de la celebración siempre debería ser capaz de volverse hacia el Señor. El crucifijo no obstruye nuestra vista; más bien expande nuestro horizonte para ver el mundo de Dios; el crucifijo nos lleva a meditar sobre el misterio; nos introduce a los cielos de donde viene la única luz capaz de dar sentido a la vida en esta tierra. Nuestra vista, en verdad, sería cegada y obstruida si nuestros ojos permanecieran fijos en esas cosas que muestran sólo al hombre y a su obra.
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De esta forma uno puede llegar a entender por qué es todavía posible hoy celebrar la Santa Misa sobre los antiguos altares, donde los aspectos arquitectónicos y artísticos de nuestras iglesias lo sugieran. También en esto, el Santo Padre nos da un ejemplo cuando celebra la santa Eucaristía en el antiguo altar de la Capilla Sistina en la Fiesta del Bautismo de nuestro Señor.
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En nuestro tiempo, la expresión “celebrar de cara al pueblo” ha entrado en nuestro vocabulario común. Si la intención de uno usando esta expresión es describir la localización del sacerdote, que, debido al hecho de que hoy el a menudo se encuentra mirando a la congregación por causa de la ubicación del altar, es este caso tal expresión es aceptable. Pero tal expresión sería categóricamente inaceptable en el momento que viene a expresar una proposición teológica. Teológicamente hablando, la santa Misa, de hecho, está siempre dirigida a Dios por medio de Cristo nuestro Señor, y sería un grave error imaginar que la principal orientación de la acción sacrificial es la comunidad. Tal orientación, entonces, de volverse hacia el Señor, debe animar la participación interior de cada individuo durante la liturgia. Es igualmente importante que esta orientación sea bien visible en el signo litúrgico también.
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Fragmento de la Conferencia dada por S.E. Monseñor Guido Marini, ceremoniero del Papa Benedicto XVI el pasado 6 de Enero del 2010. Texto tomado de Secretum Meum Mihi