domingo, 10 de enero de 2010

Todos Hacía el Señor

La Orientación de la Oración Litúrgica.
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Por Monseñor Guido Marini
Maestro de ceremonias de las celebraciones
liturgicas de Su Santidad el Papa Benedicto XVI
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Sobre todo y más allá de los cambios que han caracterizado, durante el curso del tiempo, la arquitectura de las iglesias y los lugares en los cuales la liturgia tiene lugar, una convicción ha permanecido clara entre la comunidad Cristiana, casi hasta el presente día. Me refiero a la oración mirando al oriente, una tradición que va hasta los orígenes de la Cristiandad.

¿Qué se entiende por “oración mirando al oriente”? Se refiere a la orientación del corazón orante hacia Cristo, de quien viene la salvación, y hacia quien se dirige tanto en el comienzo como en el fin de la historia. El sol nace en el oriente, y es sol es un símbolo de Cristo, la luz naciente en el Oriente. El pasaje mesiánico en el cántico del Benedictus viene fácilmente a la mente: “Por la insondable misericordia de nuestro Dios; nos visitará el sol que nace del Oriente”
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Estudios muy confiables y recientes han ahora probado efectivamente que, en cada época de su pasado, la comunidad Cristiana ha encontrado el modo de expresarse incluso en los signos litúrgicos externos y visibles, esta orientación fundamental para la vida de fe. Esto es por lo que encontramos iglesias construidas en tal forma que el ábside se vuelve al Oriente. Cuando tal orientación del espacio sagrado no es posible más, la Iglesia ha recurrido al Crucifijo puesto sobre el altar, sobre el cual todos pudieran centrarse. Del mismo modo muchos ábsides fueron decorados con representaciones resplandecientes del Señor. Todos fueron invitados a contemplar estas imágenes durante la celebración de la liturgia Eucarística.
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Sin recurrir a detallados análisis históricos del desarrollo del arte Cristiano, nos gustaría reafirmar que la oración mirando al oriente, más específicamente, mirando al Señor, es una expresión característica del autentico espíritu de la liturgia. Es de acuerdo con este sentido que estamos invitados a volver nuestros corazones al Señor durante la celebración de la Eucaristía, como el diálogo introductorio del Prefacio bien nos recuerda. Sursum corda “levantemos el corazón,” exhorta el sacerdote, y todos responden: Habemus ad Dominum “Lo tenemos levantado hacia el Señor.” Ahora, si tal orientación puede ser siempre adoptada interiormente por toda la comunidad Cristiana cuando se reúne en oración, debe ser posible encontrar esta orientación expresada externamente también por medio de signos. El signo exterior, aún más, no puede ser verdadero, sino de tal modo que por medio de su correcta actitud espiritual sea hecho visible.
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He aquí la razón de la propuesta hecha por el entonces Cardenal Ratzinger, y reafirmada presentemente durante el curso de su pontificado, ubicar el Crucifijo en el centro del altar, para que todos, durante la celebración de la liturgia, puedan concretamente mirar y observar hacia el Señor, en tal forma orienten también su oración y sus corazones. Escuchemos las palabras de Su Santidad, Benedicto XVI, directamente, quien en el prefacio del primer libro de sus Obras Completas, dedicado a la liturgia, escribe como sigue: “La idea de que el sacerdote y el pueblo deberían encararse uno al otro durante la oración, nació sólo en la Cristiandad moderna, y es completamente extraña a la antigua Iglesia. El sacerdote y el pueblo no deben ciertamente orar uno al otro, sino al único Señor. Entonces, ellos miran en la misma dirección durante la oración: ya hacia el oriente como un símbolo cósmico del Señor que viene, ó, donde esto no sea posible, hacia la imagen de Cristo en el ábside, hacia un crucifijo, o simplemente hacia los cielos, como nuestro Señor mismo hizo en su oración sacerdotal la noche antes de Su Pasión (Juan 17, 1). Mientras tanto, la propuesta hecha por mi al final del capitulo que trata de esta cuestión en mi trabajo “El Espíritu de la Liturgia” está afortunadamente llegando a ser más y más común: más bien que proceder con más transformaciones, simplemente ubicar el crucifijo en el centro del altar, al cual el sacerdote y los fieles puedan mirar y ser guiados en esta manera hacia el Señor, a quien todos se dirigen juntos en la oración.”
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No se diga, entonces, que la imagen de nuestro Señor crucificado obstruye la vista de los fieles de la del sacerdote, ¡porque ellos no están para mirar al celebrante en ese punto en la liturgia! ¡Están para volver su mirada hacia el Señor! Del mismo modo, el presidente de la celebración siempre debería ser capaz de volverse hacia el Señor. El crucifijo no obstruye nuestra vista; más bien expande nuestro horizonte para ver el mundo de Dios; el crucifijo nos lleva a meditar sobre el misterio; nos introduce a los cielos de donde viene la única luz capaz de dar sentido a la vida en esta tierra. Nuestra vista, en verdad, sería cegada y obstruida si nuestros ojos permanecieran fijos en esas cosas que muestran sólo al hombre y a su obra.
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De esta forma uno puede llegar a entender por qué es todavía posible hoy celebrar la Santa Misa sobre los antiguos altares, donde los aspectos arquitectónicos y artísticos de nuestras iglesias lo sugieran. También en esto, el Santo Padre nos da un ejemplo cuando celebra la santa Eucaristía en el antiguo altar de la Capilla Sistina en la Fiesta del Bautismo de nuestro Señor.
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En nuestro tiempo, la expresión “celebrar de cara al pueblo” ha entrado en nuestro vocabulario común. Si la intención de uno usando esta expresión es describir la localización del sacerdote, que, debido al hecho de que hoy el a menudo se encuentra mirando a la congregación por causa de la ubicación del altar, es este caso tal expresión es aceptable. Pero tal expresión sería categóricamente inaceptable en el momento que viene a expresar una proposición teológica. Teológicamente hablando, la santa Misa, de hecho, está siempre dirigida a Dios por medio de Cristo nuestro Señor, y sería un grave error imaginar que la principal orientación de la acción sacrificial es la comunidad. Tal orientación, entonces, de volverse hacia el Señor, debe animar la participación interior de cada individuo durante la liturgia. Es igualmente importante que esta orientación sea bien visible en el signo litúrgico también.
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Fragmento de la Conferencia dada por S.E. Monseñor Guido Marini, ceremoniero del Papa Benedicto XVI el pasado 6 de Enero del 2010. Texto tomado de Secretum Meum Mihi

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